Cada semana, día tras día, para
cada quien llega un momento en que ese lapso de tiempo, parece monótono,
repetitivo, las mismas clases, las mismas personas, el mismo horario de comidas
y la misma hora de ir a la cama, puntual como reloj suizo.
Si haces algo fuera de lo común
te extrañas pero lo disfrutas como un niño comiendo helado de su sabor favorito,
así me paso a mí. Mis fines de semana no son los más divertidos que se digan,
puedo no ser un muy buen parche para muchas personas, comenzó de manera
habitual, clase a las 6 am, risas y chistes amenizando un poco el salón, deduciendo un ranking de notas con el fin de
saber cómo termino la semana de parciales, cada quien tiene su Némesis y el mío
es electro.
Todo estaba en su sitio, un
cuarto desordenado, digo un cuarto con decoración propia, algunos platos
sucios, recibos para pagar, lo habitual de un apartamento universitario.
Como esta semana fue más
relajada, ya que a los profesores se les dio por unirse al mismo tiempo al club
de la gripa, fueron pocas las clases que tuve y por consiguiente nulos los trabajos
que tenía pendientes, el plan maestro seria salir a conocer eso que algunos
llaman plazuela, el sitio de encuentro universitario por excelencia, en donde
no importa el frio que haga, ni la lluvia que caiga, toda la universidad se reúne
para pasarla bien, bailar y tomar lo que más les guste.
Llegada la tarde, aquel plan que parecía
el rompimiento de la rutina en carne propia, no resulto, aunque con un dejo de
tedio recibí la noticia, no pasaron más de 10 minutos para que un nuevo plan
surgiera, como el fénix entre las cenizas del sábado que terminaba.
El apartamento, ese sitio de
blancas paredes, aquella aula espaciosa y silenciosa, se convirtió en una pequeña
sala de cine, improvisando el proyector y las butacas con un colchón, lleno de
cobijas y almohadas para la comodidad de las 6 piernas que lo habitaban, fue una
tarde de películas.
Una de terror que hizo salir
reacciones algo extrañas ya que no fueron gritos sino carcajadas, una tipo
documental, que nos dejó asustadas mientras cambiábamos de película y hacíamos de
cenar. Nada complicado, entre risas profundas y recuerdos de colegio,
deleitamos críspetas y arepa, té verde y galletas, la verdad la comida era lo
de menos, pero debíamos tener combustible para la segunda tanda de la noche,
una de comedia que nos dejó enamoradas a simple tráiler.
Aunque ya la noche se adentró en
la ciudad, no importo, continuamos la película has que una llamada nos hizo
colocar zapatos en pies descalzos, correr media ciudad y llegar como si fuese misión
imposible al otro extremo, con adrenalina en las venas y una sombrilla en la
mano por seguridad de los guardaespaldas.
Guardaespaldas, eso fuimos por 30
minutos, desde las 11pm de ese sábado, nos metimos en el papel de james bond,
mirando para todos lados in ser detectadas, fue una aventura épica para evitar
un regaño desde tierras lejanas, una aventura de toda una tarde que se resumió
en “nos vemos mañana”.
Para los que me conocen se les hará
extraño el hecho que llegue a casa pasada la media noche, con los colores
arriba y tiritando de frio, no acostumbro a hacer eso, pero este sin lugar a
duda es un sábado irrepetible.
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