No
se deja de amar solo por el hecho de no tener cerca lo que se quiere.
No
se deja de amar el fresco de la mañana.
No
dejas de amar aquellos primeros rayos de sol que ves nacer luego de no
importarte ver la luna toda la noche.
No
se deja de amar el olor de aquella camisa que te llena de energía por más que
no tengas en precisión la fragancia que llena la habitación.
No
dejas de amar los ojos tranquilos que en momentos se preocupan por sin número
de cosas en el día.
No
dejas de amar los cambios de ánimos que rodean tu vida. No dejas de amar los abrazos
por la espalda que tanto añoras.
Y también
por qué no, nunca dejas de amar las rabietas graciosas, las recochas entre
amigos, los “cara a cara” que tienes con los supuestos enemigos que resultan
siendo los más fieles compañeros.
No
dejas de amar esas pequeñas promesas que haces para demostrar tu querer.
No
dejas de amar los momentos que llegan de improviso pero que nunca salen fácilmente
de tus venas.
No
dejas de amar el doble sentido y el humor negro que hace de ti un personaje
intenso imposible de evadir.
Nunca
dejas de amar esas epifanías que a tu cabeza llegan tras una idea mínima.
En
definitiva! No dejas de amar lo que no quieres dejar de amar, nunca.
Si
dejas de hacerlo es porque algo mucho mejor llego.
Nunca
dejas de amar porque lo piensas todos los días, todo y cada uno de los minutos
del día, un pensamiento ocupa tu centro y eso da más fuerza.

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